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FAN FICTION: "REINA" (QUEEN) |
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Esta historia ha sido traducida íntegramente por el Equipo Canalla de Xenafanfics, y cuenta con el permiso de la autora para su publicación. Si quieres dar tu opinión sobre la misma, hacer algún comentario o recibir información sobre la actividad de nuestro grupo de traducción de fan fictions de Xena, Warrior Princess, escribe un e-mail a: xenafanfics@hotmail.com o visita nuestra página web en : http://www12.brinkster.com/xenafanfics/ Descargos:
La siguiente historia contiene temas para adultos que implican
relaciones sexuales explícitas y voluntarias entre dos personas adultas
del mismo sexo. Si tienes menos de 18 años o la lectura de este
material es ilegal en el lugar en que vives, por favor no sigas
adelante. El autor y la persona que mantiene la página web en la cual
se encuentra este trabajo, no aceptan ninguna responsabilidad legal
derivada del incumplimiento de esta advertencia. Los personajes de Xena y Gabrielle son propiedad de MCA/Universal y Renaissance. Aquí no son utilizados con ánimo de lucro o con la intención de infringir sus derechos de autor. El resto de la historia es de mi propiedad (fechada el 10 de febrero de 1998 por L.N. James). Ningún aspecto original de esta historia podrá ser usado en cualquier otro sitio sin el previo consentimiento por escrito del autor. La historia no podrá ser alterada de ninguna forma y esta información sobre los derechos de autor debe siempre aparecer junto a la obra. Quisiera agradecer a las chicas del Whoa Howdy su infinita paciencia, sus ánimos y su colaboración en todo lo concerniente a Queen. También quiero dar las gracias a mi maravilloso editor, cuyas sugerencias realmente me facilitaron mucho las cosas. Aquí está mi Inspiración. Reina (Queen)
por
L.N. James lnjames@squonk.net
Una ligera brisa
primaveral extendía el perfume de las primeras flores por todo el
camino hacia Atenas. El verdor rodeaba a las viajeras por ambos lados,
hasta donde alcanzaba la vista. A pesar de lo soleado del día, el tráfico
era muy escaso en esa ruta, y el camino apenas si era capaz de permitir
el paso de dos personas una al lado de otra, y mucho menos el de una
carreta. Se trataba de un camino secundario hasta el interior de la
ciudad, mucho más seguro y privado que algunos de los principales. A
veces, se agradecía contar con eso. ¾¡De eso nada! ¡Cinco dinares dicen que soy capaz! Las cejas de Gabrielle
se elevaron de forma desafiante hacia Xena, sonriendo descaradamente.
Deteniéndose, ésta apoyó una mano sobre su cadera cubierta de cuero y
devolvió a su amante otra visiblemente irónica. Mientras, Argo
aprovechó la improvisada pausa para mordisquear un poco de la dulce
hierba que creía a lo largo del camino. ¾Gabrielle, no tendrás cinco dinares que darme cuando gane. Apoyándose en su
cayado, la bardo levantó una mano y apuntó con un dedo hacia la
guerrera, desplegando sus astutas habilidades para salirse con la suya. ¾Ah, estás asustada. Siempre te sale esa sonrisa irónica cuando
sabes que tengo razón. Los azules ojos de Xena
brillaron al mirar a la bardo mientras sonreía. La luz del sol se filtró
a través de los árboles y de algún modo alcanzó la sedosa claridad
del pelo de Gabrielle, que se apareció como hilos de oro a los ojos de
la guerrera (y no es que nunca los hubiera llamado así, claro). La
bardo permaneció de pie frente a Xena, mirándola de igual a igual. Los
lisos músculos que se dibujaban sobre el vientre de Gabrielle eran
suficiente para distraer a Xena en el supuesto caso de que ella lo
permitiera. Por supuesto, la guerrera ya se había mostrado profunda y
repetidamente interesada en todas y cada una de las demás partes del
cuerpo de la bardo en el pasado. Pero en ese momento, Xena se encontraba cautivada por la más condenadamente
elegante mueca sobre el puente de la nariz de Gabrielle que hubiese
visto, la que siempre aparecía junto a su sonrisa. Absolutamente
deliciosa. ¾Gabrielle, lamento desilusionarte, pero nadie va a creérselo, lo
siento. Tal vez lo harían si fuera al contrario... La bardo entrecerró los
ojos y se acercó aún más a Xena, sustituyendo su expresión por otra
escrutadora. A pesar de lo intimidatoria que la princesa guerrera
pudiera ser para otras personas, Xena se había dejado controlar
ligeramente por una tenaz, valiente y digna de confianza bardo de
Potedaia. Por supuesto, hasta dónde llegaba ese control era otra cuestión. ¾Tienes miedo, ¿verdad? La guerrera soltó una
risita y miró por encima del hombro de la bardo, ajustándose el peto
con un encogimiento de hombros. ¾Apenas. Gabrielle sonrió
mientras elevaba su mano hasta el cálido cuero que cubría la cadera de
Xena, acariciándolo suavemente con los dedos. La presión provocó que
los ojos de la guerrera se dirigieran de nuevo hacia el rostro de
Gabrielle y miraran con intensidad a su hermosa compañera. Con suaves
palabras, la bardo contempló el interior de sus azules ojos. ¾Veamos si alguien cree que eres mi esclava. Si lo hacen, bueno,
entonces cinco dinares es un precio muy bajo a pagar. Xena sonrió y se inclinó
hacia ella, dejando sus caras a unos pocos centímetros de distancia. ¾¿Y si yo tengo razón y no lo creen? Gabrielle tiró de ella,
se presionó con más fuerza contra sus caderas, le sostuvo la mirada y
habló con voz baja y seductora. ¾Entonces tendrás... cualquier cosa... que desees, guerrera. Quedaron en silencio un
momento, mientras sus miradas se atrapaban mutuamente. La proximidad de
ambos cuerpos provocó que el olor del cuero y
la fragancia de la bergamota se entremezclaran. Con un leve
asentimiento, Xena mostró su conformidad, y una de las cejas de la
bardo se elevó al tiempo que sonreía. Si Gabrielle hubiera querido,
podría haber exigido ya un dinar por esa pequeña victoria. Sin
embargo, supuso que era justo, especialmente sabiendo que tenía a Xena
en la palma de la mano. Por supuesto, eso no significaba que no fuese así
también al contrario, porque lo era. De hecho ambas, guerrera y bardo,
estaban tan estrechamente unidas que ninguna tenía pensado soltarse en
mucho tiempo. Sin embargo, les gustaba jugar tal y como lo hacían los
amantes, y algunas veces forzaban ciertos límites, sólo para ver qué
pasaba. Apartándose de la
guerrera, Gabrielle se giró y echó a andar hacia Atenas sin mirar atrás.
Con una sonrisa, Xena agarró las riendas de Argo y la siguió, jugando
con la idea de que alguien pudiera tomarla por esclava de Gabrielle. Era
absurdo. Absolutamente increíble.
¡Ja Ja! Xena había mirado a la
bardo desde cierta distancia mientras viajaban hacia Atenas, pero ni una
sola vez ella le prestó atención ni hizo amago de esperarla. Todo lo
que Xena podía ver era el balanceo de las caderas de Gabrielle mientras
su figura se movía casi... regiamente frente a ella. El caminar de la
bardo era decidido y suave, y daba cada paso con la elegancia de una
Reina Amazona. Pero era el condenado modo en que la falda de Gabrielle
crujía y cómo la columna de músculos de la parte baja de su espalda
se flexionaba con cada paso lo que hizo a Xena reconsiderar su apuesta.
Si tuviera que servir a alguien, esa sería Gabrielle. Una vez en la ciudad,
Gabrielle fue directamente hacia una taberna ubicada en una de las
calles principales de la ciudad. Sonriendo, Xena reconoció el lugar
inmediatamente. Se habían hospedado allí durante el Festival de
Dionisos, ya que sus amigas Diana y Trista regentaban la taberna y la
posada. Buena elección. Parecía que Gabrielle pretendía inclinar la
balanza a su favor, y qué mejor modo de hacerlo que elegir un lugar
seguro, familiar. Xena no tenia ni la menor idea de a cuántas personas
necesitaría convencer, pero de lo que sí estaba segura era de que sus
amigas no iban a encontrarse entre ellas. Con una sonrisa, Xena llevó a
Argo hasta el establo y decidió hacer esperar a la bardo mientras ella
cepillaba cuidadosamente a la yegua, empleando en ello casi una marca de
vela. Gabrielle no salió ni una sola vez a ver qué hacía, y la
guerrera tuvo tiempo de reflexionar en la silenciosa cuadra. Muchas cosas habían
cambiado en su vida desde que Gabrielle había llegado a ella. De hecho,
a pesar de los malos momentos, nunca se había sentido más feliz. Era
un poco extraño creer que alguna vez tendría la posibilidad de
sentirse así, dado que su propia juventud había estado llena de tanta
oscuridad. No era sencillo enfrentarse con un pasado que parecía salir
a la luz allá donde fuesen. De cualquier forma, con la aceptación y el
amor de la bardo, Xena sentía que sería capaz de adaptarse y dejar
todo eso atrás. Mejor aún, con Gabrielle, la guerrera era capaz de
contemplar un presente y un futuro que, a pesar de los inesperados
reveses de la vida, se verían por fin llenos con la luz del amor de la
bardo. Xena sonrió al inclinarse sobre Argo y palmearle el flanco. ¾Tiene algo, ¿verdad, chica? Argo resopló y sacudió
ligeramente la cola mientras Xena le sonreía. Caminando hacia la puerta
de la cuadra, la guerrera se preparó para descubrir lo que su “lo que
fuese” tenía planeado para ella. Tal vez jugase un poco más con
Gabrielle sólo por hacerla feliz porque, la verdad, era increíble que
ella fuese su esclava. Después de todo
- Xena se estiró para alcanzar toda su altura, ciñó la vaina
de cuero contra su espalda y acomodó su chakram -
ella era La Princesa
Guerrera, ¿o no? Una marca de vela más
tarde, Xena seguía sentada en la barra, saboreando su cerveza. Había
estado un rato charlando con las dueñas del local, amigas desde hacía
ya tiempo. La taberna de la posada estaba a rebosar, llena en su mayoría
por mujeres, como Xena pudo comprobar. No era sin embargo algo
sorprendente, dado quién la dirigía y el hecho de que su encantadora
reputación se había extendido por los círculos de amazonas, entre
otros. Había rumores de que incluso Safo había pasado allí una
tranquila noche, algo sorprendente dada la extrovertida personalidad de
la poetisa. Sin embargo las habitaciones eran escasas, no más de 10
cuartos para huéspedes, de manera que la mayor parte del negocio de la
taberna provenía de aquellos que se detenían simplemente por la fantástica
comida que Diana cocinaba. Aunque conocía a las dueñas, Atenas era un
lugar enorme y la fama de Xena pasó casi inadvertida en la estancia.
Había tantas mujeres guerreras en el lugar que una más tenía la misma
importancia que un sombrero viejo. Con otro trago de su
cerveza, Xena resistió el impulso de investigar dónde había ido
Gabrielle y qué estaba tramando. Esperaría, sólo por educación. No
quería descubrir y echar por tierra los planes de la bardo. Después de
todo, Xena era, más que ninguna otra cosa, justa; y tenía toda la
intención de permitir a Gabrielle convencer a esa multitud de que era
la dueña absoluta de la princesa guerrera. Una ligera sonrisa cruzó
los labios de la guerrera. Era casi demasiado ilógico como para
considerarlo siquiera, pero Xena estaba de buen humor esa noche. Su
viaje hasta aquí había sido agradable y los asuntos que habían tenido
que atender (simplemente depositar algunos de los pergaminos de
Gabrielle en la Academia para su conservación) apenas entrañaron
peligro. De hecho, la guerrera se estaba planteando, mientras estiraba
las piernas y las volvía a colocar sobre su taburete, que el pasar un
par de noches en Atenas sonaba francamente relajante y tentador. Con ese
pensamiento, Xena se llevó de nuevo la copa a sus labios y comenzó a
beber. De pronto, las voces y
risas que habían llenado la taberna hasta ese momento dieron paso a un
abrupto parón: un silencio
sepulcral seguido de varios gritos sofocados. Todos los ojos se
dirigieron hacia las escaleras y Xena giró también hacia allí su
mirada. Distraídamente, dejó su cerveza y simplemente observó junto
al resto de la sala. Caminando despacio y
bajando los escalones con grandiosidad, Gabrielle era la imagen de la
perfección, era La Reina Amazona. Con una leve elevación de su
barbilla, Gabrielle se detuvo sobre el escalón más bajo y permaneció
de pie, absorbiendo la mirada de toda la habitación con una
indiferencia casi regia, pero transmitiendo al mismo tiempo que
apreciaba a todos y cada uno de sus ocupantes. Iba vestida con los
mismos atuendos reales que llevó la última vez que estuvo con las
amazonas, cuando recibió la máscara de Reina. Su aspecto era
sencillamente majestuoso. Alrededor de su cuello, llevaba un collar de
delicadas plumas y su pelo estaba recogido en la parte de atrás por una
zigzagueante banda marrón, de forma que unas pocas trenzas quedaban
entrelazadas con la seda dorada. Su top de ante parduzco y puntadas brillantes formaba remolinos en un
sencillo pero impresionante modelo.
Afortunadamente, esta particular forma de vestir entrañaba menos
material que su traje habitual y así la extensión de los músculos de
su abdomen quedaba deliciosamente expuesta. Colgando de sus caderas, el
elaborado cinturón de amazona sujetaba su falda, en la cual plumas,
joyas e hilo dorado formaban delante un diseño en V y mantenía las
diferentes capas de la falda en su lugar. Apenas visibles, los lados de
la falda estaban cortados por encima de sus muslos y una pieza de tela púrpura
oscuro caía por debajo. A lo largo de sus brazos se había colocado los
tradicionales guanteletes de amazona, de cuero oscuro tejido y adornado
con plumas y ornamentos artesanos de bronce. Sobre su bícep izquierdo
se situaba un simple brazalete, rodeando los firmes músculos que
Gabrielle había desarrollado, y que también estaba hecho a mano con
plumas y metal. Finalmente, y de mayor importancia, estaba la hombrera
de Reina, sobre su brazo derecho. Prendido del tirante del top,
el metal se moldeaba en forma de curvas y adornos que lo sujetaban al
brazalete. Este único emblema (junto con la máscara que había sido
destruida) simbolizaba el título y la posición de Gabrielle como Reina
de las Amazonas. Y, en ese momento, de pie en aquella posada, Gabrielle
era efectivamente, La Reina. Detrás de Gabrielle,
sobre los escalones, se erguían dos hermosas y fuertes amazonas armadas
con lanzas, que observaban a todo el mundo como si fueran a dar sus
vidas para defender a esa reina. En verdad, así habría sido, y de
hecho casi se habían peleado entre ellas cuando Gabrielle entró un
rato antes, las vio, y anunció que necesitaría sus servicios para
asistirla durante la noche. La oportunidad de ser guardia de la reina,
sin importar que fuera innecesario en esa posada, constituia una
oportunidad única en la vida y un honor concedido a aquellas dos
mujeres. ¡Espera a que regresaran y se lo contaran a sus amigas! Ephiny,
naturalmente, las gobernaba en casa, pero el ilustre título de
Gabrielle le otorgaba el derecho de reinado cuando ella eligiera
recurrir a ello. Era una especia de potestad compartida y, en realidad,
a ninguna de las amazonas le importaba servir ya fuera a Ephiny o a
Gabrielle cuando o donde quisieran. ¿Quién no querría? Con un barrido de sus
ojos esmeralda, Gabrielle se introdujo en la sala con desenvoltura,
registrando y manteniéndose brevemente sobre cada uno de sus ocupantes
antes de seguir adelante. No había necesidad de decir a quienes no eran
amazonas que esa mujer pertenecía
a la realeza. Se podía determinar en gran medida por su atuendo y
su guardia. Sin embargo, el resto de la sala también sentía que esta
mujer tenía un delicado poder y una honradez que alcanzaba a todos
aquellos sobre los que reinaba, no a través de la intimidación, sino
de una personalidad pura. La mujer que los contemplaba desde arriba era
efectivamente alguien que poseía esa esquiva cualidad para todos
aquellos que le habían declarado su respeto y su admiración. Estaba
claro que las amazonas reconocían la posición de esa mujer, y el resto
de las atenienses y los viajeros de la taberna no parecían estar en
desacuerdo. Además, ¿con qué frecuencia podía uno cenar en la misma
sala que una Reina? La mirada de Gabrielle
se paseó de un lado al otro de la habitación hasta que, finalmente,
descansó sobre un par de ojos azules. Xena, por su parte, no sólo había
enmudecido, sino que además estaba sin aliento. Desde el primer momento
en que había visto a Gabrielle bajar las escaleras hasta ahora, había
quedado total y absolutamente capturada. Incluso aunque ya había visto
brevemente a Gabrielle en toda su realeza, realmente no había tenido
tiempo de presenciar lo bien que a su bardo le sentaba el papel de Reina
Amazona. Había sido aquel un momento agitado, y su mente había estado
en otro sitio (concretamente luchando por su propia vida) la última
vez, pero ahora, podía ver realmente
en qué se había convertido Gabrielle. La comprobación de lo mucho que
había cambiado la mujer que amaba resultaba sorprendente. Esa no era la
chica a la que había rescatado de los mercaderes de esclavos. Se
trataba de una mujer poderosa, madura y segura de sí misma que se había
ganado los corazones de las amazonas como su reina y se había apropiado
del corazón de la princesa guerrera para el suyo propio. Al diablo los
cinco dinares. Con pasos
deliberadamente lentos, Gabrielle avanzó por la taberna con sus ojos aún
firmemente unidos con los de Xena. Cuando el resto de la sala comenzó a
cuchichear, sus palabras eran sensiblemente mucho más suaves y calmadas
que antes. Nadie parecía querer romper el hechizo mientras contemplaban
a la reina caminar lentamente sobre el suelo de la taberna, con sus
guardia detrás. De hecho, la mayoría de la gente calló de nuevo con
rapidez cuando se dieron cuenta de que la reina se dirigía hacia una
imponente mujer guerrera sentada en la barra. La mujer no era una
amazona, todos podían verlo por su apariencia. Sin embargo, se
mostraban curiosos, puesto que podían sentir “algo” que irradiaba
entre los cuerpos de ambas mujeres. Indefinible, pero tangible. Casi podían
tocarlo. Para ser una sala llena
de gente, Xena sentía que estaba a solas con la reina, absorta en esos
ojos verdes. En realidad, no le importaba nada el resto de los que allí
se encontraban, simplemente dejaron de existir. Gabrielle la tenía.
Completamente. Y quisiera lo que quisiera, Xena, la princesa guerrera,
se lo iba a dar. Tragó saliva cuando vio
a Gabrielle detenerse a su lado, saboreando la inconfundible esencia de
su amante en la suave brisa que permanecía tras sus pasos. Era
intoxicantemente dulce, una mezcla de suave cuero, especias, jabón,
aire fresco y el propio sutil aroma de la reina. A Xena se le subió rápidamente
a la cabeza y puso una mano sobre la barra para no caerse. Bueno, Xena
no era ni mucho menos una colegiala, pero en ninguna de sus vastas y
variadas experiencias, nadie nunca,
nunca la había
afectado como lo hacía Gabrielle. de hecho, la reina podría haber
pedido entonces su segundo dinar sólo por el modo en que el cuerpo de
Xena estaba respondiendo. Silenciosamente, Xena
observó cómo la expresión de Gabrielle se intensificaba al mirar a la
guerrera, los labios de la reina entreabriéndose ligeramente mientras
los humedecía sensualmente con su lengua. Los ojos de Gabrielle
abandonaron los de Xena y descendieron, posándose sobre la bebida que
la guerrera tenía entre las manos. Lentamente, Gabrielle elevó la
vista de nuevo y capturó su azul profundo una vez más. Con un
movimiento de cabeza hacia la barra y entrecerrando ligeramente los
ojos, la reina le demandó una bebida. Dándose la vuelta,
Gabrielle dirigió a su guardia hacia una mesa vacía y espero a que una
de las mujeres le apartase la silla antes de sentarse con un aire de
suave gracilidad. Tras acomodarse, cruzó lentamente una pierna sobre la
otra y se reclinó hacia atrás. Descansando su codo en el brazo de la
silla, la mano de la reina fue hasta su barbilla, y se acarició
pensativamente el labio inferior con el dedo apreciando a Xena, como si
sopesara cómo sería acostarse con una guerrera como ella. Sus ojos
bebieron de la musculosa figura de Xena con una confianza relajada
mientras comenzaba a tamborilear con los dedos de la otra mano sobre el
brazo del asiento. La reina estaba obviamente esperando que Xena la
atendiese. Contemplando a la reina
dirigirse hacia una mesa y sentarse, Xena casi tuvo que sacudir la
cabeza. Había visto a Gabrielle ser agresiva antes, por supuesto. Y por
supuesto, había sido el blanco de las... tácticas de su amante cuando
estaban a solas (en honor a la verdad, a Xena eso le gustaba. Mucho).
Pero esa noche, había algo diferente en Gabrielle. Y algo diferente en
Xena. Aunque se tratara de una elaborada actuación, había algo más.
La verdad es que nadie en el mundo podía hacer que Xena se sometiese.
No pertenecía a ningún dios, a ningún rey, a nadie. Pero Gabrielle,
reflexionó Xena, la tenía mucho más sujeta de lo que jamás hubiese
creído posible, con un tipo de poder distinto. Los dioses controlaban
gracias a su habilidad para manipular a los mortales e intimidarles, y
los reyes gobernaban con sus ejércitos y su dinero. Gabrielle lo hacía con un profundo, completo e intenso amor. Xena
arrojó un dinar sobre la barra y esperó a que Diana llenara dos jarras
de cerveza. Allí de pie, era perfectamente consciente de que la mirada
de la reina se encontraba sobre su espalda, puesto que sentía dos
puntos de suave calidez recorriendo su piel. Sabía que estaba siendo
examinada y se recompuso casi imperceptiblemente, como para hacerse
merecedora de la mirada de Gabrielle. Pasándose rápidamente la mano
por el flequillo, no pudo por menos que reírse de sí misma. ¡Dioses,
estaba nerviosa! Agarrando
las jarras, se irguió e inició el camino de vuelta. Como era de
esperar, la reina la estaba mirando. Todo el mundo lo hacía. Xena avanzó
hasta situarse cerca de la mesa y, curiosamente, se detuvo. Gabrielle aún
no había dicho una palabra y simplemente paseaba su mirada arriba y
abajo por el cuerpo de la guerrera, deteniéndose ligeramente en los
lugares en los que su piel quedaba al descubierto y dibujaba sus
bronceados músculos. Mirándola ahora a los ojos, Gabrielle elevó una
ceja y señaló con la cabeza hacia la copa que permanecía en la mano
de Xena. Ese pequeño gesto significó para los que miraban que la reina
encontraba adecuado el pequeño regalo que se le ofrecía. Con una
ligera sonrisa, Gabrielle emitió entonces su primera orden. ¾Siéntate. En
ese momento, Xena no tenía planes inmediatos de salir corriendo de la
taberna ni quedarse de pie durante mucho más tiempo, así que no le fue
difícil obedecer. Y a pesar de que se sentía impulsada a sonreír irónicamente
a Gabrielle, sintió de algún modo la obligación de no hacerlo. Ni de
desobedecer. De hecho, Xena encontró irresistible el sutil poder de la
reina. Divertido. Era como si el comportamiento y la actitud de
Gabrielle hubiesen cambiado cuando bajó aquellas escaleras y con ello,
Xena hubiese cambiado también. La guerrera inconscientemente se dejó
llevar y decidió entregarse completamente en manos de la reina.
Internamente, su mente se resistía a la idea de ser controlada, pero la
respuesta de su cuerpo ante esa Gabrielle era inconfundible. Se dio
cuenta de que mente y cuerpo lucharían para someterse o rebelarse al
pequeño juego de Gabrielle. Tragándose su orgullo, Xena se sentó en
una silla cercana y, silenciosamente, colocó su jarra de cerveza frente
a ella. Parecía que era capaz de entregar un dinar tan
desinteresadamente como un beso. La
guerrera observó cómo la mano de Gabrielle alcanzaba elegantemente el
asa de la jarra y se la llevaba a los labios, dirigiendo su mirada hacia
los ojos azules de la guerrera mientras tomaba un trago del fresco líquido.
El modo en que sus labios tocaron
el borde del recipiente se le asemejó a una bendición, un suave beso
prometido sólo a aquien realmente lo mereciera. Xena no pudo evitar que
sus ojos trazaran el recorrido de la garganta de la reina cuando la
bebida se deslizó lentamente por su interior. Esto
ya era demasiado y la guerrera entrecerró los ojos con reflexiva emoción.
Por ser esa copa que
acababa de tocar los labios de Gabrielle o el líquido que acababa de
beber... dioses, Xena habría dado un reino. Silenciosamente,
una de las camareras fue hasta la mesa y se colocó entre Xena y
Gabrielle, claramente centrada en la reina mientras esperaba el pedido.
Las dos guardias amazonas se habían situado tras la mesa, pero seguían
vigilando a todo el que se acercaba. Lentamente, Gabrielle bajó su copa
y la depositó en la mesa, manteniendo sus ojos sobre Xena en todo
momento. Sonrió cuando la guerrera se dirigió a la muchacha, atrajo su
atención y pidió por ambas. ¾Tomaremos... Antes
de que Xena pudiera decir algo más, sintió la mano de la reina sobre
su muslo. Atrayendo la mirada de la guerrera hasta que se encontró con
la suya por medio de una suave presión, Gabrielle se inclinó y le habló
con voz lo suficientemente baja como para que sólo ella pudiera oírla. ¾Yo
ordeno. Tú sirves. Intenta recordarlo. Los
ojos de Xena se abrieron desmesuradamente mientras Gabrielle recuperó
su posición y se dirigió hacia la camarera. ¾Mi
pedido, por favor. Asintiendo,
la muchacha desapareció. Por lo visto, Gabrielle había hecho
disposiciones previas con Diana cuando llegó (de hecho, a la bardo le
había llevado algo de tiempo convencer a la amiga de Xena de que todo
estaba controlado y de que le siguiera el juego). La reina se reclinó
de nuevo mientras sus ojos verdes brillaron en dirección a la guerrera.
Con un nuevo trago de cerveza, le dirigió una inclinación de cabeza. ¾Puedes
beber. Bueno,
las cosas claras... Xena decidía si bebía o no y cuándo lo hacía,
muchas gracias. Elevando su mano, la guerrera protestó. ¾Gabrielle,
esto ya me parece... Con
elegante rapidez, Gabrielle se encontraba de pie y con las manos
apoyadas en los brazos de la silla de Xena. Inclinándose sobre la
sentada guerrera, sus ojos relampaguearon y sus labios se movieron hasta
el oído de Xena. ¾Me
perteneces, Xena. Xena
observó el cuerpo de Gabrielle retirarse y capturar sus ojos una vez más,
ahora de modo desafiante. La promidad del cuerpo de la reina y su mirada
hicieron que la guerrera reconsidera su protesta. En realidad, esta
noche Gabrielle poseía a Xena.
La reina lo sabía, la guerrera lo sabía, y el resto de la taberna podía
verlo claramente. Gabrielle reclamó a Xena desde el momento en que bajó
las escaleras y ejerció minuciosamente su poder sobre ella. Xena tragó
saliva cuando la mano de Gabrielle se movíó hasta su cara, recorrió
con los dedos por la firme línea de su mandíbula y se detuvo en su
barbilla. Todo se desvaneció cuando la reina llevó sus labios hacia
los de Xena y la besó. Gabrielle había besado antes a Xena un millón
de veces, pero este beso le pareció una bendición de los dioses por su
dulzura. Todo lo que la guerrera pudo hacer fue cerrar los ojos y dejar
que la suave pero constante presión de la reina la reclamara. De los
labios de Gabrielle, el azúcar no podría haber sabido mejor. Y por los
labios de Gabrielle, Xena se vendió completamente. La
guerrera sintió que Gabrielle se retiraba, pero sus ojos permanecieron
cerrados. Respirando profundamente, sintió las yemas de los dedos de la
reina viajar por sus mejillas y sus cejas manifestando su delicado
dominio. Cada roce afirmó que Xena pertenecía a Gabrielle. Sus dedos
eran suaves y ligeros en su camino por los sedosos y oscuros mechones
que caían a ambos lados de la cabeza de Xena. A lo largo de su hombro,
la guerrera se estremeció en cada lugar en que los dedos de Gabrielle
le rozaban, siguiendo por su brazo y entrelazándose con los de ella al
llegar al final. Al sentir una suave presión, Xena finalmente abrió
los ojos. Lo
que encontró entonces fue la más maravillosa sonrisa que había visto
nunca sobre la cara de Gabrielle. Sus ojos verdes irradiaban ligeros
matices dorados, y esa peculiar y elegante arruga sobre su nariz le
provocó una inevitable sonrisa. Gabrielle habló suavemente a través
de su sonrisa. ¾¿Bien? Con un leve e inmediato asentimiento, Xena accedió. A todo. ¾Bien. Una
última caricia de su mano y la reina la soltó, regresando lentamente a
su silla, con la ceja levantada ante las miradas de algunos de los
presentes. Rápidamente, las mujeres de la taberna regersaron a sus
respectivas comidas, satisfechas de que la Reina Amazona hubiese
dominado tan fácilmente a la mujer guerrera. Si antes no era una
esclava, ahora sí. Sus
jarras habían sido rellenadas y la conversación era escasa. Esa noche,
Gabrielle pareció inclinarse por un majestuoso silencio en lugar de sus
habituales bromas. Xena no era estúpida, y dada la reserva general
mantuvo la boca cerrada. Por parte de la reina, sus ojos hablaron
bastante por las dos. Muy
pronto, la camarera trajo tres platos de sabrosos aperitivos: Hojas de
uva rellenas, higos, y delgadas galletas de trigo recubiertas con queso
feta derretido, jamón y aceitunas laminadas. Los ojos de Gabrielle se
abrieron ante todo ello y sonrió ampliamente. Justo cuando estaba a
punto de alcanzar una galleta, Xena capturó su mirada y la reina se
detuvo. Silenciosamente, asintió en su dirección, se recostó de nuevo
en su silla y observó cómo Xena alcanzaba un bocado y se inclinaba
hacia ella para depositarlo en su boca. La joven reina cerró los ojos
ante el sabor que inundó su paladar y la persistencia de las yemas de
los dedos de Xena. Podría acostumbrarse a esto. Sí. Una
de las entusiastas guardias amazonas dirigió una mirada disimulada a su
compañera. Aunque era cierto que habían visto el modo en que sus
reinas eran atendidas con anterioridad, muy diferente era contemplar a
una increíblemente fuerte, musculosa y armada guerrera como Xena
alimentando a Gabrielle. Incluso más alarmante era lo sensual que esa
alimentación estaba llegando a ser. Con cada bocado, los dedos de Xena
resultaban capturados entre los dientes de Gabrielle, y cada vez por más
tiempo. La reina estaba disfrutando de los dedos de su guerrera tanto
como de los aperitivos que comía. Cuando Gabrielle se sació, volvió a
acomodarse en su asiento y miró fijamente en Xena. ¾Sírvete, por favor. Xena
no pudo por menos que sonreir ante el “por favor” con que finalizó
su mandato. Naturalmente, esta palabra significaba para Gabrielle el
conseguir cualquier cosa que quisiera de la guerrera, pero en este
contexto pareció un poco... redundante. Xena ya se había mostrado
silenciosamente de acuerdo con las actuales condiciones. Pero el ‘por
favor’ era un curioso toque típico de Gabrielle. Alcanzando
una hoja de uva, Xena dejó que sus ojos regresaran a Gabrielle. La
reina mostraba una ligera sonrisa en su rostro, y mantenía la barbilla
apoyada en su mano, decidida a tomarse todas y cada una de las
libertades que deseara. Y ahora mismo, eso significaba mirar comer a su
magnífica guerrera. Xena aceptó el desafío y sostuvo el aperitivo con
ambas manos. Delicadamente, comenzó a desenrrollar la hoja y, extendiéndola
con los dedos, Xena mantuvo sus ojos sobre Gabrielle mientras introducía
los labios entre los liegues y vaciaba su delicioso contenido con la
lengua. Lentamente, paladeó el sabor en su boca, cerró los ojos, y
tragó. Esta
imagen no pasó inadvertida a Gabrielle. Xena
se sonrió a sí misma cuando observó el suave rubor que cubría ahora
el cuello y las mejillas de la reina. No había ninguna razón por la
que la guerrera no pudiera ser subversivamente rebelde, de una forma
sutil. Lo que hizo con uno de los higos escandalizó a la camarera
cuando vino a reponer sus bebidas, y la reina se dio cuenta de repente
de que estaba realmente sedienta. Xena la observó, mientras masticaba
distraídamente la dulce fruta, y vio que las manos de Gabrielle
atenzaban los brazos de su silla. Quizás aún podría recuperar alguno
de aquellos dinares. De
algún modo, la cena se desarrolló también en silencio y tan sólo
cruzaron unas pocas palabras. Era casi como si, por ahora, todo lo que
necesitaban decir se transmitiera a través de sus ojos y de sus
cuerpos. Ninguna de las dos dejó vagar su mirada más allá de la otra
mientras saboreaban el cordero y el cerdo asados, el sabroso marisco y
muchas otras delicias. No era extraño que esta posada fuese conocida
por su comida, puesto que la cena de esa noche era digna de los Campos
Elíseos. Toda la comida de Gabrielle le fue servida por las yemas de
los dedos de Xena y no lo habría querido de ninguna otra forma. La
guerrera no tomó ni un bocado que Gabrielle no le hubiese concedido
antes. Fue difícil para ambas no sonreír abiertamente cuando Xena
rehusó seguir comiendo y la reina todavía podía con más. Dioses, la
cena fue gloriosa. En
algún momento de la segunda tanda de comida, Gabrielle había cambiado
sus cervezas por vino y, extrañamente, ese cambio había resultado
agradable. Los alimentos que estaban comiendo pedían un sabor más
refinado que la cerveza y ciertamente, fuera lo que fuera lo que la
reina quisiera esa noche, la reina lo obtendría. Por mucho que le
apeteciese algo de postre, ya estaba completamente saciada y decidió
guardar esos dulces bocados para más tarde. La
taberna estaba ahora más oscura puesto que algunas de las más
brillantes antorchas se habían extinguido. La multitud quedó
predominantemente femenina después de que los clientes acabaran de
cenar y se marcharan, mientras en una esquina un pequeño grupo de músicos
se preparaba para tocar. Melodiosas risas y palabras suaves flotaban por
la habitación y Gabrielle estiró las piernas y se reclinó en su
silla. Xena había estado de lo más cortés durante la cena y la
verdad, la reina se sorprendía de que hubiese aguantado tanto así. El
modo en que la guerrera estaba actuando le hacía sospechar que sería
reina durante toda la noche. Con ese pensamiento, los labios de
Gabrielle se curvaron en una sonrisa mientras tomaba un sorbo y echaba
un vistazo a la guerrera. Por
su parte, Xena estaba disfutando realmente con esto. Quizás era el
hecho de que la nueva... majestuosidad... de Gabrielle fuese tan
sugerente para la guerrera. No era severa y mucho menos resultaba
amenazante. Por supuesto que Xena podía sentir el sutil poder que
Gabrielle rezumaba, pero éste era completamente encantador y aceptable.
Además, no tenía que preocuparse demasiado por su renombrada reputación.
No era ningún secreto el que Xena y Gabrielle era amantes. Hades, era
un hecho evidente para todo aquel que las viera juntas, y el que se
dejara controlar por una Reina Amazona esa noche no iba a cambiar el
hecho de que pudiera perfectamente patear el trasero de cualquier idiota
que se lo echara en cara. Eso estaba claro. La
música del cuarto era hipnótica; los tambores marcaban suavemente el
ritmo mientras la flauta y los instrumentos de cuerda proporcionaban una
melodía seductoramente exótica. El cuarto zumbaba con lentas y rítmicas
vibraciones mientras varias muchachas bailaban a su son. El vino, la
comida y la música eran una mezcla embriagadora y pronto los ojos de la
reina vagaron hacia la guerrera. Ésta era una pieza que valía todas
las riquezas del mundo. La mirada de Gabrielle se detuvo sobre la
musculosa forma de Xena; bajo toda esa armadura, bajo el cuero y las
armas, yacía un maravilloso cuerpo. Perfeccionada por años
de lucha y trabajo, Xena transpiraba poder y destreza. Gabrielle había
presenciado a la guerrera en suficientes hazañas como para saber que
sus habilidades eran poderosas y feroces, temidas en todas partes.
Entrecerrando los ojos, la reina aspiró profundamente cuando se dio
cuenta de que sólo ella podía controlar esa imparable fuerza si lo
deseaba. Ese descubrimiento sobre sí misma recorrió el cuerpo y la
mente de Gabrielle dejándole una estela de cálida excitación. Xena miró cómo
Gabrielle se ponía en pie, con la misma elegancia anterior, con
movimientos delicados y augustos. Cuando las guardias amazonas se
dispusieron a seguirla, ella las detuvo con un movimiento de su mano,
sin dejar de mirar fijamente a Xena. Algo en la expresión de Gabrielle
le dijo a Xena que esa joven mujer tenía algo más en mente para la
noche que una simple cena. Bajo su majestuosa superficie, la guerrera
captó la chispa de algo ardiente. Y Gabrielle lo irradiaba. Xena tragó saliva
cuando la reina se movió hacia ella y con un ligero empuje de su
rodilla, separó las piernas de la guerrera, reclamando ese espacio para
sí. Sus ojos verdes se oscurecieron al mirar intensamente a Xena,
rozando apenas con las yemas de los dedos la superficie de sus muslos.
Inclinándose, tomó las manos de Xena entre las suyas y las llevó
hasta sus propias caderas, deseosa de sentir esa poderosa presión. Con
lentitud insoportable, Gabrielle se inclinó aún más, colocó sus
manos sobre la parte más alta de los muslos cubiertos de cuero de Xena,
y se detuvo. Ambas respiraban el
mismo aire, la reina a escasos centímetros de la cara de Xena. Era como
si Gabrielle estuviese intentando mirar tan profundamente en los ojos de
la guerrera como le fuera posible, intentando encontrar la fuente de
aquel manantial azul. La verdad del asunto era que Xena sintió que
Gabrielle podía sentir todo lo que yacía en su interior. Esta mujer
era su fuente, Gabrielle era su corazón. Los ojos de la guerrera
simplemente reflejaban la imagen de la reina con vívida intensidad. Reflexivamente, las
piernas de Xena fueron a descansar contra el exterior de las de la reina
y Gabrielle bajó su mirada para echar un vistazo. Lamiéndose los
labios, la reina miró a Xena de nuevo, tomó aliento y ordenó. ¾Baila conmigo. Esas palabras fueron
directamente a la cabeza de Xena, dejándola aturdida mientras Gabrielle
retrocedía manteniendo sus ojos sobre ella. Con sus manos todavía en
las caderas de la reina, la guerrera hizo retroceder su silla y quedó
de pie frente a Gabrielle. Hacía ya tiempo que el resto de la gente que
ocupaba la taberna de había difuminado y Xena sentía que Gabrielle y
ella estaban solas, en un mundo privado. Ya habían bailado antes, por
supuesto, a menudo solas en mitad de un bosque sin ninguna música,
balanceándose una junto a la otra. Habían bailado en fiestas delante
de Reyes y Reinas, con las amazonas, incluso ante la madre y el hermano
de Xena. Pero esta noche, a Xena le parecía que era la primera vez que
bailaba con una verdadera reina, con Gabrielle. Xena miró cómo su
amante la alcanzaba y ponía sus brazos alrededor de su cuello, con sus
ojos verdes prendidos de los suyos todo el tiempo. Lentamente, retiró
sus manos de la cintura de Gabrielle y las llevó sobre la desnudez de
su espalda, atrayendo a la reina delicadamente hacia sí. En el momento
en que sintió la presión del cuerpo de Gabrielle contra el suyo, Xena
cerró brevemente los ojos y aspiró con fuerza. Los pechos de la reina
estaban contra su armadura (pero Gabrielle no pareció notarlo, o
sencillamente no le preocupaba) y podía sentir la calidez del cuerpo de
Gabrielle bajo sus manos y contra el cuero que la vestía. Una vez más,
la cercanía permitió a la guerrera captar el intoxicante aroma de la
reina, incluso más intensamente que antes. Aunque estaba en posición
de llevar el baile, considerando su estatura y su complexión, Xena dejó
que la reina guiará sus movimientos, que eran lentos y sensuales.
Gabrielle se movió contra la guerrera, presionando su cuerpo en varios
puntos, el vientre contra la cadera de Xena, la cadera contra su muslo,
la mejilla contra el pecho de la guerrera. La música era sutil y
ondulante, insistente en su ritmo. Las manos de Xena se movieron por la
espalda de la reina, sintiendo los músculos bajo ellas y los nudos de
su top de cuero. Gabrielle las
unió más estrechamente, exigiendo más contacto mientras sus ojos se
elevaron y ardieron en los de Xena. El baile era lento, íntimo y
completamente erótico. La pareja no se dio
cuenta de que el resto de la habitación miraba embelesado el baile de
la reina y la guerrera. Todas las miradas seguían a Gabrielle moverse
contra su alta compañera, presionando sus caderas. Miraron cómo las
manos de Xena se movían sobre la espalda de la reina, sobre sus suaves
curvas o contra la cálida piel que quedaba al descubierto.Era difícil
decir a quién envidiaban más; ambas parecían penetrar silenciosamente
en el ser de la otra. Era algo impresionante. Llevando la vista sobre
ella, Gabrielle tomó una de las manos de Xena y se giró entre sus
brazos, atrayéndola hacia su espalda. Xena se balanceó con Gabrielle,
dejando que su otra mano se deslizara bajo su brazo y luego sobre el
torneado vientre de la reina. De pie tras Gabrielle, Xena cerró sus
ojos cuando la reina se pegó a ella y se movió en un lento y rítmico
baile de pura sensualidad. Con Gabrielle entre sus brazos, la guerrera
sintió esa clase de amor y conexión por los que valía la pena cada
dificultad a la que se había enfrentado; esto lo merecía todo. La reina seguía la mano
de su compañera sobre su cálida piel y presionaba contra ella; eso era
suficiente para volver loca a Xena. Y entonces sintió a Gabrielle
volverse de nuevo y mirarla, con los ojos coloreados de un verde intenso
por la emoción. Bailaron pegadas la una a la otra, sin perder el
contacto en ningún momento. Xena comenzaba a adentrarse más
profundamente en ese plano de existencia con Gabrielle. Cada centímetro
de su ser estaba en sintonía con la reina y le pareció que hubiese
bailado con ella desde siempre. Aquellos increíbles ojos simplemente la
capturaron, tal y como lo harían durante vidas aún por llegar.
Sintiendo las manos de la reina moverse hasta su pelo, Xena respiró
hondo y habló, con la emoción que sentía bajando su tono de voz. ¾¿Puedo besarte... por favor? Los ojos de Gabrielle se
cerraron ligeramente ante la petición. Enrredando sus manos en el pelo
negro de la guerrera, la reina ralentizó un poco su baile y comenzó a
atraer a Xena hacia sí. La guerrera se dejó guiar hasta que quedó a
escasos centímetros de los labios de Gabrielle. Con un leve y
cosquilleante suspiro, la reina susurró su respuesta mirando fijamente
a esos ojos azules. ¾Sí. Fue una respuesta
sencilla, pero Xena sintió como si le hubiesen concedido un reino
entero. ‘Sí’ nunca había sonado tan dulce. Era un momento que
quedaría grabado en la mente de la guerrera con cristalizada seguridad.
Gabrielle era de verdad su Reina y las promesas que le hizo con aquella
única palabra simplemente le aseguraron su cargo. Aspirando una gran
bocanada de aire, la guerrera se preparó. Suavemente, las manos de
Xena se movieron desde la espalda de la reina para suavemente tocar su
cara. El calor de la piel de la reina penetró por las palmas de la
guerrera y ésta aspiró de nuevo con más fuerza cuando sintió las
manos de Gabrielle deslizarse hasta sus caderas y presionar sobre ellas.
¿Cuándo había besado a Gabrielle por última vez? Dioses, se le hacía
una eternidad. ¿Serían dignos sus labios? ¿Podría su beso ser
suficiente para Gabrielle? Con cuidado, Xena colocó
sus labios sobre los de la reina, cerrando los ojos con el contacto.
Durante un momento, simplemente los mantuvo allí, disfrutando la
sensación de su suavidad. Lentamente, los separó y con cuidado tomó
el labio inferior de Gabrielle entre los suyos y lo besó, acariciándolo
suavemente y dejando a su lengua deslizarse contra él. Cuando sintió
las manos de la reina apretar más fuerte sus caderas, atrajo a
Gabrielle y le demandó más. Con una agradable petición, su lengua
bailó entre los labios de la reina, resbalando sobre sus dientes hasta
que se introdujo en la boca de Gabrielle. Casi cayó de rodillas cuando
oyó el suave murmullo de la reina y sintió su lengua moverse contra la
suya. Suave, dulce, intenso... ese beso era la perfección. Sin aliento, momentos más
tarde, Xena sintió a Gabrielle retirarse, sus ojos completamente
oscurecidos por el deseo y sus labios cubiertos de humedad. La reina
mantenía un lazo mortal sobre sus caderas y su respiración se aceleró.
Tirando de las caderas de la guerrera hasta las suyas, Gabrielle se
apretó contra ella más fuerte y entrecerró los ojos mirando a Xena,
ordenando con voz desigual. ¾Más. Con esto, la guerrera
encontró permiso para presionar sus labios contra los de la reina en
una demostración deslumbrante de fuerza y poder. No podía preocuparles
menos que cada mirada de ese cuarto estuviera puesta sobre ellas y cada
mandíbula caída en el suelo ante semejante intercambio de pasión.
Xena entregó sus primeros besos con fuerza, mordisqueando los labios de
Gabrielle, presionando con fuerza contra ella, empleando su lengua lo más
profundamente que podía. La reina poseía una princesa guerrera y eso
significaba que todo lo que Xena hiciese, era para ella de una
intensidad y un calor que nadie podría igualar. Ahora mismo, Gabrielle
ardía ante aquel resplandor de amor y lujuria. La cara de Gabrielle
estaba completamente sonrojada para cuando los labios de Xena se
desprendieron de los suyos. Inclinándose, la guerrera presionó su cara
contra el cuello de la reina, cerrando los ojos sobre la acalorada piel
y respirando pesadamente, puesto que el calor de aquellos besos la habían
pillado con la guardia baja. Sus brazos rodearon a Gabrielle y la abrazó
tan fuerte como pudo, aspirando su olor mientras lo hacía. Gabrielle
pudo sentir entonces la estremecedora fuerza del cuerpo de Xena, su
respiración, su amor por ella. Gabrielle había
esclavizado a su guerrera y en ese momento, el deber de la reina era
conseguir un lugar donde hubiera menos público antes de que ordenara a
Xena que la poseyera allí mismo, sobre la mesa, entre las hojas de uva
(por muy atractiva que esa idea
pudiera ser). Habló firmemente a su amante. ¾Vámonos. Gabrielle se deshizo de
los brazos de la guerrera y tomó su mano, sonriéndose ante lo
maravillosa que estaba Xena cuando se excitaba. Sus ojos azules estaban
oscurecidos a causa del deseo y su cara encendida por un leve rubor.
Hizo un gesto hacia sus guardias y las despidió por esa noche con una
sonrisa genuina. La reina tiró de Xena por todo el cuarto con elegante
facilidad a pesar del hecho de que sus rodillas estaban bastante débiles.
Sólo tenía que subir la escalera. Y deprisa. Esta noche, Gabrielle
iba a gobernar a su princesa guerrera. Iba a tener a Xena bajo sus
condiciones, tal y como ella quisiera. Domesticar a Xena significaba
darle todo lo que quisiera, pero sólo después de que se lo hubiera
ganado. Y nadie sabía como dar a la guerrera lo que quería como
Gabrielle. Al fin y al cabo, ella era la Reina. Todo el trayecto hacia
el cuarto de la reina se estaba desarrollando con desesperante lentitud.
Mientras que antes Gabrielle se había mostrado deseosa de llegar, ahora
saboreaba cada momento. No es que le gustara torturar, pero en realidad,
adoraba la idea de hacer esperar a su ansiosa y excitada guerrera. Esto ponía
completamente de relieve lo bien que la reina controlaba su propio
cuerpo y lo salvaje que Xena se había vuelto. Se sonrió a sí misma.
Para domesticar y gobernar a alguien como Xena, primero tendría que
tranquilizarla. De momento. El barullo de la taberna
comenzó nuevamente cuando las dos subieron por las escaleras, con toda
aquella gente murmurando sobre la Reina y su guerrera. De cualquier
modo, con cada paso, el ruido se fue difuminando en la oscuridad
mientras Gabrielle guiaba a Xena hacia arriba. La mano de Gabrielle
agarraba suavemente la de la guerrera, apretándola de vez en cuando en
un mensaje de amor. En la cima de la escalera, Gabrielle se detuvo y se
giró, dejando a Xena dos escalones por debajo de ella y sonriendo.
Incluso en aquel corredor mal iluminado, la belleza de la Reina brillaba
intensamente. Para la guerrera, la
falta de prisa por parte de Gabrielle en llevarlas hasta el cuarto... ¡la
estaba matando! El baile había sido una cosa (algo realmente muy bueno)
pero los besos significaron algo sensual, inspiraron otra cosa. Sus
labios todavía sentían el toque de Gabrielle, y también su sabor.
Xena no conseguía recordar cuándo un beso había sido tan... intenso.
Ahora mismo, su cuerpo estaba absolutamente invadido por una
estrechamente controlada necesidad, y comenzaba a pensar que realmente,
realmente le gustaba del todo este asunto de la reina. Gabrielle permaneció a
la altura de sus ojos desde más arriba de la escalera, sonriéndole de
modo sarcástico. Eso no era bueno. Al momento, Xena levantó un
insolente y arrogante ceja hacia Gabrielle, interrogándola sobre el
retraso. Uh oh. Problemas. La propia expresión de la reina cambió
cuando su sonrisa se diluyó y elevó una de sus roijizas cejas como
respuesta. Alguien parecía estar desafiando a la Reina, y ese alguien
estaba a punto de descubrir que había tenido una pésima idea. Dejando caer la mano de
Xena, Gabrielle puso las suyas sobre sus propias cadera y miró
directamente a la guerrera con una clara expresión de regia ira.
Agravando su voz, la reina habló firmemente a Xena. ¾¿Me estás cuestionado, guerrera? Xena se mordió el labio
inferior para evitar una carcajada. Sin embargo, tenía que admitir que
el temperamento de Gabrielle no era precisamente algo que quisiera
incitar. Créase o no, su compañera, tan amante de la paz, tenía un
temperamento digno de Hades cuando se la presionaba. La mente de Xena se
transportó instantáneamente a un alterado tribunal en Argos y una
bardo extremadamente temperamental. Lo que pasaba con Gabrielle, sin
embargo, era que todas sus emociones parecían estar deliciosamente
entrelazadas entre sí, así que cuando se sentía feliz, solía llorar.
Y cuando se enfadaba, se volvía muy intensa... y apasionada. Bajando los ojos en un
gesto para calmar a la reina, Xena respondió con una voz clara, aunque
no tan respetuosa como probablemente debería haber sido. ¾No, no la estoy cuestionado.... su majestad. Lanzó la última parte
de esta frase para impresionar a
la reina. Xena estaba siendo de nuevo subversivamente desobediente.De
cualquier modo, la reina no sólo
encajó perfectamente ese título (lo había oído de boca de las
amazonas las veces suficientes como para que no le afectase lo más mínimo),
sino que ni tan siquiera movió
un músculo ni mudó su expresión. Irguiéndose, Gabrielle tomó la
barbilla de Xena en su mano y levantó el rostro de la guerrera para
mirarla duramente. Gruñendo, emitió una amenaza real. ¾Entonces será mejor que no vuelvas a levantar esa ceja tuya
hacia mí de ese modo... esclava. Gabrielle lanzó
igualmente esa última palabra
sólo para recordar a Xena que en ese momento y durante toda la noche
ella era la Reina. Parecía que su salvaje guerrera estaba forzando los
límites, intentando descubrir hasta dónde podía llegar antes de que
Gabrielle decidiese gobernarla con mano aún más firme. Inclinándose más,
los ojos verdes de la Reina centellearon cuando tiró de la barbilla de
Xena hacia sí. Con su rostro bien encarado al de la guerrera, su voz
sonó más profunda. ¾Porque si la vuelvo a ver... Gabrielle extendió su
otra mano tras Xena, deslizándola por la oscura cabellera, agarrándola
suave pero firmemente. Los ojos de la reina estaban taladrando a Xena,
lanzando por sí solos un desafío y una promesa de inmisericordia. Y
entonces, un instante después, los labios de Gabrielle se lanzaron
contra los de Xena en un beso demoledor, impetuoso y exigente, poseyendo
la boca de la guerrera de una forma elegantemente salvaje. La reina
empujó su lengua hacia el interior de ésta y la gobernó con pasional
fervor. Ardiente. Comprobando que Xena
estaba sin aliento, Gabrielle se apartó y capturó de nuevo sus azules
ojos. Deslizando una mano, la reina pasó su dedo sobre los labios que
acababa de tomar. El dulce y arrollador poder de Gabrielle había
encendido de nuevo el fuego de Xena. Sonriendo, las yemas de
los dedos de la reina tocaron sus nuevamente cálidas mejillas, y
dejó que su voz se suavizara. ¾... no seré tan amable. Con eso, Gabrielle elevó
su ceja, queriendo asegurarse que la guerrera entendía claramente
cómo estaba la situación. Firme, pero suave. Por eso Xena
estaba sirviendo a su Reina aquella noche, y para siempre. Gabrielle
administraba su autoridad de una manera tan delicada que muchas veces,
la guerrera no percibía lo mucho que su amante influía en ella. Nunca
fue una cuestión manipulativa ni una intromisión. Era simplemente
Gabrielle amando lo suficiente a Xena
como para mantenerse firme en las cuestiones importantes y sin que se
pudiera dudar de su absoluta devoción y afecto por la guerrera. Para
Xena era un reconfortante sentimiento que le hacía sentirse más segura
de lo que había estado en toda su vida. Su estabilidad provenía de
Gabrielle y eso era algo que nunca, jamás, sería cuestionado. Xena dejó que sus ojos
mostraran cada gramo del amor que sentía por Gabrielle mientras asentía
con la cabeza. Era completa y totalmente una posesión de la reina. Y en
ese preciso instante, no deseaba nada más que dar a Gabrielle todo lo
que deseara. La imperiosa necesidad de complacer a la reina empezaba a
ser increíblemente intensa. Habría caído de rodillas si Gabrielle lo
hubiese querido. Xena estaba conquistada. Suavemente, la reina
atrajo a Xena hacia sí y apretó su rostro de la guerrera contra su
pecho, cerrando los ojos al escuchar el suspiro de placer de Xena. Sonrió
cuando la guerrera elevó los brazos alrededor y la rodeó por la
cintura de forma vacilante, esperando el permiso para acercarla.
Gabrielle se movió hacia ella y se lo concedió, de forma que pronto
los fuertes brazos de Xena estrecharon a la reina en un abrazo de
absoluta adoración. Permanecieron allí un
buen rato, reina y guerrera en la escalera de una posada en medio de
Atenas, sintiendo que sin lugar a dudas habían sido hechas la una para
la otra, en todos los aspectos. Era como si dos mundos colisionaran en
un todo único. Distintos y sin embargo complementarios. Oscuros pero
perfectamente claros. El suyo era un amor que transcendería
el tiempo y el espacio en toda su magnitud. Un suave roce de Xena
las despertó de su ensueño. Los labios de la guerrera se movían
cuidadosamente sobre la piel situada entre los pechos de Gabrielle,
besando y probando delicadamente. No tenía permiso para eso, pero la
reina no parecía dispuesta a quejarse. El hambre de Xena por su amante
se podía ver en cada caricia que proporcionaba a su piel expuesta.
Necesitaba a Gabrielle. Inclinado su cabeza, la reina depositó un suave beso sobre la cima de la cabellera caoba oscura y dejó sus manos resbalar por los largos cabellos, acariciándolos cuidadosamente. Luego se retiró y sonrió al ver a Xena, capturando aquellos ojos azules. La guerrera había girado la cabeza y descansaba su mejilla entre los pechos de Gabrielle y simplemente presionó sus labios contra el interior de uno de ellos. Estaba claro lo que la guerrera necesitaba. Con una cariñosa palabra, la mano de Gabrielle se dirigió al lateral del rostro de la g |